Con el tiempo, y a partir de mi propia experiencia, he podido observar cómo muchos de nuestros problemas y dificultades se estancan en un círculo vicioso. Se me antoja la imagen de una madeja para esta dinámica del círculo sin escapatoria. Una madeja enmarañada que, a veces de una manera inconsciente y alienada, y otras de forma consciente, vamos dejando que se enrede poco a poco hasta llegar a ese punto en el que nos preguntamos, ¿cómo he llegado hasta aquí?
Cada uno de nosotros lo siente y expresa de forma diferente, en función de sus circunstancias y vivencias personales.
Cuando los nudos persisten, llegan las señales, y al aumentar éstas aparecen, afortunadamente, los síntomas. Sí, digo afortunadamente porque es la manera que tiene nuestro cuerpo de alertarnos del desequilibrio y la enfermedad. Así pues, nuestro cuerpo guarda los secretos hasta que queramos descifrarlos (desenredarlos) y no se cansa de darnos pistas (nudos), en forma de síntomas, que es su forma de hablar. Al volvernos hacia él, empieza la escucha. No sólo nos dice quiénes somos sino cómo estamos y hacia dónde ir, resultado de la cohesión y armonía entre el sentir, el pensar y el hacer.
En mi opinión, la vida es un movimiento continuo en el que vamos generando respuestas que condicionan la elaboración de las siguientes. Esta situación de creación y elaboración continua de respuestas adecuadas sería la Salud.
Cuando me preguntan en una sesión de terapia cómo hacer para recuperar la vitalidad (salud) y solucionar el malestar con el que se llega a la consulta, sólo me queda hacer una cosa: invito a tirar del hilo de la madeja enredada y atrevernos a andar el camino hacia la propia Salud.
Iniciando el viaje hacia la psicoterapia
Acudir a una psicoterapia es como un viaje. Ante la terapia hay tantas filosofías y actitudes como personas. Llegamos con nuestras orejeras puestas, intentando conciliar lo conocido y rutinario con un mundo desconocido que puede ceñirse a una hora semanal, quincenal o a algún taller de fin de semana.
Iniciamos el viaje, pertrechados con utensilios y herramientas cotidianas que nos ayudarán, pensamos, a mejorar el nivel de vida (salud) y calmar la inquietud que nos produce su escasez o ausencia. Sin embargo, el verdadero viaje empieza por lo desconocido, lo salvaje, lo insólito y lo nuevo.
Se convierte en un viaje que arranca con multitud de preguntas e incertidumbres. Pero, sobre todo, con el deseo de reconciliar el personaje que somos, civilizado pero estresado y aburrido, con el salvaje, sonriente y atrevido, que también convive en cada uno de nosotros.
Un viaje: La psicología humanista
Cuando tomamos la decisión más o menos consciente de iniciar un viaje elegimos un destino, una ruta, la compañía…
Si decides que en tu viaje hacia la búsqueda de la salud el protagonista serás tú, entonces te interesará seguir leyendo.
Hablar de la psicología humanista nos lleva a situarnos en el origen y antecedentes del movimiento humanista. Este movimiento nació en Estados Unidos a mediados del siglo XX bajo el impulso principalmente de Abraham Maslow, Rollo May, Carl Rogers y otros, como respuesta a la visión reduccionista y mecanicista del ser humano que proporcionaban las dos corrientes psicológicas dominantes: el conductismo, que se centraba excesivamente en lo científico, y el psicoanálisis, que ponía el énfasis en lo negativo y patológico de la persona. Este movimiento, encabezado por el filósofo Marcuse, denuncia la «sobre-represión cultural que pretende transformar al hombre en máquina fiable de producción social, aplastando la vida emocional y corporal, la espontaneidad y la creatividad individual»
Se trataba, por lo tanto, de volver a situar al hombre en el centro de una psicología menos cientifista y más humanizada. El objetivo era crear una tercera fuerza que permitiera desmarcarse de los dos paradigmas imperantes hasta el momento: el conductista y el psicoanalítico.
Los principales enfoques de la corriente humanista (o también llamada existencial) son:
- Enfoque centrado en la persona (Carl Rogers)
- Terapia Gestalt (Fritz Perls)
- Análisis Transaccional (Eric Berne)
- Psicodrama (Jacob Moreno)
- Psicosíntesis (Roberto Assagioli)
- Hipnosis ericksoniana (Milton Erickson) y
- Terapias psicocorporales tales como el Análisis Bionergético (Alexander Lowen) y otras.
Todos estos enfoques tienen en común devolver al hombre su dignidad y su derecho con respecto a sus cinco principales dimensiones: física, afectiva, cognitiva, social y espiritual.
Entonces, ¿podemos imaginar una psicología que no sea humanista? En mi opinión, NO si comulgamos con los siguientes principios:
1. Énfasis en lo único y personal de la naturaleza humana: el ser humano es considerado único e irrepetible. Poder desarrollarlo en ámbitos como el juego y la creatividad es fundamental.
2. Confianza en la naturaleza y búsqueda de lo natural: el ser humano es de naturaleza intrínsecamente buena y con tendencia innata a la autorrealización. La Naturaleza, de la que el ser humano forma parte, expresa una sabiduría mayor. Por lo tanto, como seres humanos debemos confiar en la forma en la que las cosas ocurren, evitando controlarnos o controlar nuestro entorno.
3. Concepto de conciencia ampliada: la conciencia que tenemos de nosotros mismos y la forma en la que nos identificamos con nuestro yo o ego, es uno de los estados y niveles de conciencia a los que podemos llegar, pero no es el único.
4. Trascendencia del Ego y direccionamiento hacia la Totalidad que somos: la tendencia en el curso de nuestra autorrealización es ir alcanzando niveles de conciencia más evolucionados, que se caracterizan por ser cada vez más integradores (de partes de nosotros mismos y de nuestra relación con otros seres y con la totalidad).
5. Superación de la escisión mente/cuerpo: la psicología humanista parte de un reconocimiento del cuerpo como fuente válida de mensajes acerca de lo que somos, hacemos y sentimos, así como medio de expresión de nuestras intenciones y pensamientos. Funcionamos como un organismo total, en el que mente y cuerpo son distinciones hechas sólo para facilitar la comprensión teórica. La mente y el cuerpo se afectan entre sí. Interactúan. Las creencias profundamente enraizadas, los recuerdos tempranos significativos y las imágenes influyen sobre la conducta, la estructura corporal y sobre la fisiología en todos sus niveles (metabolismo celular, sistema inmunológico, flujo sanguíneo, distribución del calor, tono muscular en el cuerpo) hasta el modo en cómo estas creencias se expresan en la postura, movimiento, gestos y expresiones faciales. Las influencias del cuerpo sobre la mente son también significativas, desde las predisposiciones hereditarias hasta los estados de ánimo que surgen de un hígado enfermo. Y ambos, cuerpo y mente, se retroalimentan en circuitos circulares y complejos.
6. Reequilibrio entre polaridades y revalorización de lo emocional: la cultura occidental ha tendido a valorar lo racional sobre lo emocional, la acción frente a la contemplación, etc. Esto produce un desequilibrio en nuestro organismo, ya que desconoce aspectos valiosos de nosotros mismos o los subestima, relegándolos al control de otros. El cultivo de lo emocional, lo intuitivo, lo contemplativo, por parte de la psicología humanista, es un intento por restablecer ese equilibrio.
7. Valoración de una comunicación que implique el reconocimiento del otro en cuanto tal: dejar de reconocer a los demás como objetos, o medios para alcanzar nuestros propósitos personales, es uno de los énfasis principales de esta corriente.
Veamos cómo se concreta un proceso terapéutico humanista. ¡El viaje ya ha empezado!
El elemento central de esta psicoterapia es la conciencia y la responsabilidad en la experiencia presente. Ambas impulsan el potencial de crecimiento del ser humano, y por tanto, el proceso terapéutico.
La psicoterapia humanista contempla al ser humano en su totalidad, y confía en sus posibilidades de desarrollo (confianza en el ser humano), basadas en la conciencia y responsabilidad de su experiencia vital. Considera que ese es su principal potencial interno de transformación. De este modo, contribuye a humanizar la psicoterapia.
Permite profundizar en los conflictos personales, poner conciencia en las dificultades, desarrollar los propios recursos para afrontarlas, ampliar nuestra capacidad de darnos cuenta, conocernos mejor, e integrar las experiencias dolorosas.
Su objetivo es integrar todos los aspectos de la personalidad, con el fin de llegar a ser lo que somos, en lugar de pretender ser lo que no somos: lo que nos gustaría ser, o lo que creemos que deberíamos ser.
Es un proceso impulsado por la voluntad de ver y la voluntad de sanar. Una oportunidad para que, de forma activa y responsable, exploremos los problemas que aparecen en nuestras vidas.
Si hablamos de la relación terapéutica una de las características de las psicoterapias humanistas es la actitud del terapeuta: empática, coherente, auténtica, consciente y responsable. Se trata de una actitud de aceptación y de atención activa.
El terapeuta no dirige al paciente, sino que le apoya y le acompaña en el proceso que está viviendo. Comprende sin interferir. No cree saber lo que es mejor para él o ella. Esta relación terapéutica facilita que el paciente contacte consigo mismo, y active sus propios recursos para afrontar los problemas con madurez y mayor conciencia.
Las técnicas son importantes pero más importante es la relación terapeuta-paciente en la que la actitud emocional y la comprensión que tiene el terapeuta del mundo del paciente es básica.
La curación no es una función del o de la terapeuta ni de ningún agente externo. La curación está en manos del paciente y se produce en la relación paciente-terapeuta.
Esta es la base para que el encuentro interpersonal se convierta en una relación terapéutica y el viajero “llegue a buen puerto” (con su madeja más desenmarañada), a un estado de salud donde el sentir, el pensar y el actuar se den de forma armónica e integrada (con nudos sueltos y resueltos).
Te animo sinceramente a emprender tu viaje.





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