Escribo hoy sobre el sufrimiento como un mecanismo que fabrica nuestra mente para atraparnos en la herida que patologiza, reprime y deprime. Lo llamo sufriMente.
No sé si te pasa a ti, que a veces quiero estar y otras veces, desaparecer.
A veces conecto con lo que ocurre a mi alrededor y otras veces todo me parece vulgar, mediocre y molesto.
A veces quiero moverme, y otras, quedarme muy quieta.
A veces deseo estar sola y otras veces darte la mano y atravesar juntos la cascada.
Y así, una larga lista. Sé que no se trata de un capricho superficial de ahora lo quiero todo, ahora no quiero nada. Ahora te quiero a ti, ahora no te quiero a ti.
De lo que me voy dando cuenta es de cómo esta lista, a medida que crece, me produce un estado de sufrimiento. No es dolor, es sufrimiento. Y que este estado es un estado mental, con sus correspondientes consecuencias en mi cuerpo físico, emocional y espiritual.
Los pensamientos y por extensión, las ideas, las creencias, los juicios, los análisis, etc., son solo una parte de nosotros. El emporio actual de lo mental y lo racional, nos aniquila como seres sintientes y conscientes. Mata la creatividad, la conexión con la naturaleza y nos vuelve egocéntricos.
Ahí aparece una fuente de sufrimiento que va a impedir que nos podamos relacionar.
Se anula la posibilidad de escuchar (recibir) y amar (dar).
Esta fuente de sufrimiento (la cascada) parte de un lugar más lejano y alejado de nuestra limitada visión del momento presente. Tal vez haya que ir a buscarla en los glaciares de hace millones de años o en los picos de las montañas del otro lado de tu oficina o en las alcantarillas que corren por debajo del piso donde vives.
Que cada uno haga su trabajo de investigación. Porque para cada uno va a ser diferente y al mismo tiempo muy parecido.
Mi fuente de sufrimiento, que es la misma que la fuente divina que me ofrece la posibilidad de sanar lo herido (lo que me hace sufrir), la estoy descubriendo en mi manera de pensar, alimentada por un sistema de creencias que fui elaborando desde que nací y que se basa en negar lo que sentía porque me dolía. Y aunque lo digo corto y breve, es largo y todavía dura a fecha de hoy. Mis pensamientos juzgan a cada momento, distorsionan y devalúan con el único propósito de alejarme de la fuente de amor que soy yo misma. Y utilizo la palabra amor con mucho cuidado porque si alguna palabra ha sido a lo largo de la historia más edulcorada y manipulada creo que es ésta.
Decía que mi fuente de sufrimiento, descubro perpleja, es la misma que me ofrece la oportunidad de sanar lo herido. Por eso necesito atravesarla. No vale hacer ver que no está o evitarla o camuflarla o hacerle fotos y ponerle un filtro. Entretente si quieres, pero sólo vas a aumentar tu sufrimiento y negar el dolor auténtico que subyace. Yo estoy dándome cuenta de que ayer pasó y que mañana, si llega, será un regalo y que no tengo certeza del futuro. Solo de lo que aquí y ahora está sucediendo, y que mis pensamientos desconectados de mi sentir y ser, no son fiables.
Miro a mi alrededor y observo este fenómeno exclusivo de los humanos, especie que ha desarrollado un neocórtex que nos coloca en un nivel más evolucionado, sofisticado y complejo a diferencia de nuestros primos los monos. Me refiero al sufriMente. Los animales sienten dolor, seguro, pero no han desarrollado este mecanismo propio de los seres pensantes. No vale retroceder en la evolución. No es posible. Tampoco anestesiarnos, aunque esto es lo que está sucediendo a un ritmo trepidante y alarmante. Vale mirarnos, a nosotros, pa’dentro, y preguntarnos qué función tiene el sufrimiento y si esta función nos enajena de nuestro potencial de vida plena, auténtica y solidaria. Insisto que la pena y el dolor son intrínsecos a nuestra naturaleza compasiva y humana, cuya función es acercarnos, empatizar y sentir. El sufrimiento está lejos de esto. Yo cuando sufro me vuelvo egoísta y no te puedo ver porque no me puedo ver a mí misma.
Para traspasar la cortina de humo (la cascada) necesito que me des la mano. La que me faltó cuando de pequeña sentí que alguna de esas manos que me cuidaban, abrazaban y protegían no estaban, o de la manera como hubiera necesitado para convertirme en una adulta más comprometida con la vida y no tanto con el miedo.
¿Qué me sirve a mí?
- Darte la mano, a veces. Otras veces, que me la des tú a mí. Y atravesar juntos/juntas la cascada.
- Ir a otras fuentes que cultiven mi mente y deconstruyan algunos de mis pensamientos obsoletos y limitantes. Por eso, te comparto estas tres fuentes a las que últimamente acudo para abrir y sacudir mis creencias y por si a ti te ayudan:
- Jiddu Krishnamurthi: Sobre el amor y la soledad.
- Marshall B. Rosenberg: Comunicación NoViolenta. Un lenguaje de vida.
- Byung-Chul Han: La sociedad del cansancio.
Si te pasa a ti, como a mí, que sufres y este sufrimiento te lleva a una vida SIN Sentido, tal vez sea el momento de cambiar algo de tu disco duro.




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