Escribo hoy sobre cómo hacerse cargo del niño herido para ser un adulto feliz.
En un proceso de terapia acostumbra a suceder que el /la paciente se presenta a través de la expresión de su niño/a interior herido/a. Esto sucede con más o menos conciencia de la herida que le trae a terapia.
Todos tenemos un niño interior. Y es nuestra esencia.
Hablemos de la herida. Ésta se produce en los primeros años de vida, nacimiento, concepción o vida intrauterina. Algunas personas expresan sentir esta herida como si de alguna manera la hubieran heredado de generaciones anteriores. Sea como sea que haya ocurrido, esta experiencia de haber sido heridos va a crear un programa, una manera que va a tener el infante de vivir y resolver las situaciones que aparecerán a lo largo de su vida.
Pongamos dos ejemplos.
Silvia, mujer de 29 años, fue una niña que sintió que tenía que crecer muy rápido y ser autónoma antes de lo que en realidad necesitaba y desde luego, deseaba. Percibió que sus padres la apremiaban y la reconocían en todo aquello que tenía que ver con ser independiente, fuerte y conseguir logros.
Isaac, hombre de 37 años, fue un bebé que nació en un entorno donde sus cuidadores biológicos eran excesivamente protectores y controladores en el proceso de desarrollo de su hijo. La adquisición de la propia autonomía e individuación quedó restringida. De adulto, Isaac se siente inseguro y extremadamente indeciso en algunos aspectos de su vida donde necesitar tomar sus propias decisiones.
En ambos casos, fueron niños deseados y queridos. Aun así, se sintieron pronto heridos porque el amor, lo voy a decir de esta manera, estaba limitado, en el caso de Silvia, a recibirlo sólo cuando era exitosa; en el caso de Isaac, cuando era obediente y cauto. El amor nunca debería estar condicionado a obtener algo a cambio. Cuando se recibe de esta manera deja una impronta de desamor.
Crecemos con y a partir de los referentes (vínculos) que hemos tenido y esto va a conformarnos como adultos. Esto es así. Así hemos sido amados, así vamos a amar. Así no han podido o sabido amarnos, así de torpe puede ser nuestra experiencia de amar.
Silvia e Isaac crecen y se convierten en personas adultas pero sus heridas habitan en su interior y no siempre pueden hacerse cargo del niño/a herido/a para ser adultos responsables, libres y conocedores de su propio autocuidado. Esto es, qué necesitan y cómo se ocupan de su malestar de manera consciente e íntegra.
En los ejemplos expuestos, Isaac y Silvia, necesitarán desarrollar un/a adulto/a que acompañe al niño/a interior herido. Un niño demasiado inseguro (Isaac) y una niña demasiado independiente y exigente (Silvia).
¿Cómo? A través de experienciar nuevos vínculos que garanticen un acompañamiento adaptado a las necesidades del niño interior en el cuerpo del adulto.
Este vínculo lo va a garantizar en un proceso de psicoterapia, la figura de un psicoterapeuta que esté en contacto con su propia herida y haya hecho el trabajo profundo de transitar por el niño herido para convertirse en un adulto con recursos para atender lo que no fue atendido y contenido.
Convertirse en adulto no siempre es fácil ni cómodo. Pero seguir siendo niños en cuerpos adultos ya no es una opción, y menos, una buena idea.
Si te has dado cuenta de esto, sabrás (porque lo has sentido) que responsabilizar a los otros de lo que te pasa es una manera encubierta de no ocuparte de ti mismo. Y de la misma manera, culparte y victimizarte a ti mismo, vuelve a tener como resultado no cuidarte y no elegir lo que precisas. Esto último es un mecanismo parecido al anterior pero con efecto bumerán. Se llama retroflexión y consiste en una decisión inconsciente de volver hacia uno mismo aquello que no te permites hacer o decir al otro.
¿Víctima o verdugo? Cualquiera de las dos opciones en la que te reconozcas (a veces, incluso vamos de una a otra) es el resultado de una herida que limita el desarrollo del Ser.
Ser un Adulto significa estar comprometido con la Vida, siendo testigo de los conflictos internos y caminar hacia la reparación de la herida como oportunidad de crecimiento y sanación.
Tal vez este poema titulado “Autobiografía en cinco capítulos” extraído de El libro tibetano de la vida y la muerte de Sogyal Rimpoché, arroje luz a lo que significa el viaje heroico y las etapas por las que pasamos para convertir al niño herido en un adulto feliz.
1) Bajo por la calle.
Hay un enorme hoyo en la acera.
Me caigo dentro,
estoy perdida… impotente.
No es culpa mía.
Se tarda una eternidad en salir de allí.
2) Bajo por la misma calle.
Hay un enorme hoyo en la acera.
Hago como que no lo veo.
Vuelvo a caer dentro.
No puedo creer que esté en ese mismo lugar.
Pero no es culpa mía.
Todavía se tarda mucho tiempo en salir de allí.
3) Bajo por la misma calle.
Hay un enorme hoyo en la acera.
Veo que está allí.
Igual caigo en él… es un hábito.
Tengo los ojos abiertos.
Sé dónde estoy.
Es culpa mía.
Salgo inmediatamente de allí.
4) Bajo por la misma calle
Hay un enorme hoyo en la acera.
Paso por el lado.
5) Bajo por otra calle.
Tu niño/a herido/a está esperando a que le mires, reconozcas y le hagas saber qué es importante para ti y tal vez, un día, atreverte a bajar por otra calle.
Reconocer y abrazar a tu niño interior es recuperar tu Esencia.
A mí me ayuda, cuando me siento perdida, darle la mano a mi niña y caminar juntas. Cuando me caigo en el hoyo miro hacia arriba y la veo a ella, chiquita, que no me quita los ojos de encima y entonces sé lo que tengo que hacer.




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