Cuando nuestros cuerpos se sienten incómodos nos envían mensajes (cuando se sienten cómodos también). El propósito de dichos mensajes es informarnos de que algo dentro de nosotros no está bien y pide nuestra atención. Si no atendemos estos mensajes, con el tiempo evolucionan, se hacen recurrentes, nos complican la vida y el cuerpo pasa a ser vivido como un enemigo. Empezamos a rechazar partes de nuestro cuerpo, o bien desear tener otro cuerpo.
En la consulta he escuchado a algunos pacientes decir estas frases:
“Me gusta mi cara, pero no me gusta mi barriga”
“Me quedo con mi pelo, pero el vello de mis piernas es un asco”
“Ojalá estuviera más planita por aquí y más rellenita por allá”
“Quisiera ser más alta, pero los pies no tan grandes”
¿Escuchas tu cuerpo?, ¿lo puedes ver tal como es, o escuchas a tu mente criticándolo y despreciándolo, comparándolo con los supuestos cánones de belleza, imperativo de una cultura identificada con la imagen idealizada y alejada del sentir?
A otro nivel de vivencias con relación al cuerpo, escucho decir:
“Vivo con dolor crónico”
“Cada mes lo de siempre, a empastillarme para no sentir mi dolor menstrual”
“Parece que tengo todas las intolerancias alimentarias habidas y por haber”
“Siempre ando estreñido y ya no sé qué hacer”
Elaboras teorías fundamentadas en creencias irracionales o extremadamente racionales. Un día, sin saber muy bien cómo, te ves diciendo frases del tipo:
“Es la edad”
«A mi padre le pasaba lo mismo, tengo mala suerte, es lo que hay»
«Me lo merezco, no aprendo»
«A ver si espabilo de una vez»
«No se puede ser más torpe»
«Debe ser algún tipo de castigo»
Empiezas a buscar fuera teorías que expliquen lo que te ocurre, y delegas, exiges y responsabilizas a otros (expertos en ciencia, medicina alopática, terapias alternativas, doctrinas esotéricas, etc.) porque crees o quieres creer que los otros saben más sobre ti que tú mismo.
Y todo porque NO ESCUCHAS TU CUERPO. No, al menos, a un nivel profundo y honesto.
Y es que, no tienes el hábito de habitarte y escucharte. Lo perdiste. Pero tienes la capacidad de recuperar y recordar tu sabiduría propia.
¿Y qué hace falta para escuchar?, me preguntarás.
S e n t i r
¿Cómo puedo sentir?, volverás a preguntar.
A mí me ayuda ir más despacio. A veces, incluso parar y sentir mi respiración. La respiración me lleva al cuerpo y desde ahí, puedo darme cuenta de algunas sensaciones sentidas.
Y estás pensando: Esto no me resuelve la fibromialgia, el nudo en el pecho, el insomnio, los atracones de comida por la noche, el asma, la timidez, la hiperactividad, la falta de autoestima, la inseguridad, las pocas ganas de levantarme por las mañanas, el colon irritable, la hipertensión, la artrosis, las migrañas.
Tal vez tengas razón. Pero es una razón exenta de la experiencia de la sensación, por lo que el síntoma se va a hacer más fuerte para que lo puedas escuchar.
A ver si esto que te comparto a continuación ilustra lo que intento transmitir.
Este año tuve una experiencia circulando en bicicleta por la ciudad donde vivo.
Cogía mi bici para desplazarme. Era pronto, por la mañana, y aunque tenía tiempo suficiente para llegar a mi lugar de destino, parecía, por cómo llevaba a cabo mis movimientos, que tenía prisa. Además, mis movimientos estaban automatizados. Busqué en mi bolso las llaves para abrir el candado y a partir de ahí, no recuerdo, pero puedo imaginar que saqué las llaves, abrí los dos candados, moví la bici, me subí, la encarrilé, cambié alguna marcha y ya estaba pedaleando por la ciudad. Y saltándome todos los semáforos que podía. Sí, has leído bien, saltándome semáforos en rojo.
¿Por qué? Todavía no lo tengo claro.
¿Por qué corro?, ¿por qué me fastidia frenar y encontrar un semáforo en rojo?, ¿por qué me la juego?, ¿por qué me pongo esa presión-prisa?, ¿por qué me pongo en riesgo?
¿Qué diría mi cuerpo si lo escuchara?
Ocurrió a medio camino de mi trayecto que tomé un atajo (¿te suena lo de los atajos en la vida para llegar antes? Y no vi a otra persona que cruzaba. Mi atajo tenía un punto ciego (en los puntos ciegos no se ve, claro). Tampoco me estaba viendo y sintiendo a mí misma. El resultado, colisión asegurada. Nada grave, aparentemente. ¡Podría haber sido peor, pero por suerte no nos hemos hecho daño! Eso me dije aliviada en el momento. El manillar algo torcido. Un pequeño susto.
La persona contra la que colisioné no reaccionó violentamente contra mí, si bien es cierto que me advirtió de que es importante respetar las señales. Fue amable. Yo me esperaba lo peor, el castigo por infringir las normas. Todo esto sucedió en un instante. Tan rápido como veloz yo cruzaba la ciudad.
Al cabo de media hora llegué a mi destino y fue entonces, sólo entonces, cuando sentí la agitación y el temblor en mi cuerpo. Sí que había pasado algo. El susto fue más grande de lo que imaginaba. Ahora mi cuerpo estaba reaccionando y yo lo estaba percibiendo. Estaba asustada y tomé conciencia de que podía haberme hecho mucho daño y haber provocado daño. Hice una reflexión y me dije a mí misma que no iba a volver a saltarme ningún semáforo más. Sin embargo, esto no me calmó. Mi cuerpo se había quedado preocupado, intranquilo y colapsado.
Un mes más tarde, se repitió la escena, pero esta vez, fue al contrario. Alguien invadió mi carril de frente y recibí un golpe brusco. Reaccioné con enfado, protesta, airada e indignada. Esta vez la experiencia no había sido tan cordial con el otro ciclista. Por unos días sentí el golpe en mis manos que me recordaba el incidente.
¿Por qué volví a tener un accidente, ahora que yo estaba tan consciente? ¿Consciente o mentalizada?
¿Por qué reaccioné tan enfadada? La persona que me invadió causando el choque no se disculpó, salió corriendo. ¿Me sentí abandonada tras haber sido invadida, agredida?
Ha pasado un tiempo y sigo usando la bici. Pero ahora me doy cuenta de que mi cuerpo ha quedado traumado. En el pecho siento un punto de ansiedad. Algo que oprime. Veo peligros por todas partes. Mi mano aprieta el freno constantemente. No confío. Tengo miedo de hacer daño o de que me hagan daño. No canturreo como lo hacía antes.
Ya no corro. Cierto. Pero algo en mí se ha quedado en contracción. Me reconozco en fragilidad y tensión. Lo que me lleva a un estado de alerta. La tensión no me deja respirar. Sé que si respiro podré aflojar y relajarme y volver a tomar seguridad desde la conciencia de mi responsabilidad. Pero respirar me hace sentir frágil y me recuerda ese punto en mi pecho desnudo, indefenso, sin protección. Necesito tiempo. Mi cuerpo necesita tiempo para asimilar, comprender e integrar la experiencia.
¿Para qué me ha servido esta experiencia?
Me doy cuenta de que, en general, mi cuerpo tiene prisa. Aun cuando no es necesario, está acelerado.
Esta prisa exige una cantidad de energía extra. Energía que consumo de más cuando no haría falta.
A veces, me siento cansada, y una especie de inercia o piloto automático no me deja parar.
Comprender que esta manera de funcionar es estresante y reconocer que vivo con estrés es el primer paso para transformarlo.
Si no me puedo dar cuenta (tomar conciencia) de esto (mi sistema nervioso está alterado), no tengo la posibilidad de cambiarlo y empoderarme.
No es desde la mente desde donde yo he podido darme cuenta, sino desde las sensaciones sentidas en mi cuerpo. Estas sensaciones se expresan a través de un síntoma.
En mi relato, el síntoma es el estrés. El estrés me llevó a conducir en bici sin cuidarme ni cuidarte. ¿Quiero conducir mi vida así?
No corras, vete despacio, que a donde tienes que llegar es a ti mismo – Juan Ramón Jiménez
Esta es solo una experiencia de la falta de escucha del cuerpo por estar desconectada del momento presente. El presente nos sitúa en el aquí y el ahora. Nos ancla en el instante, el detalle, el gesto, el movimiento, la atención. Y la llave para esto es poder sentir la respiración que nos trae al cuerpo sentido. Al Sentir. Entonces, si los síntomas aparecen en tu cuerpo, escúchalos. Mi síntoma, en este capítulo de mi vida, me habla de la prisa y el ruido mental que me tienen ocupada para no sentir algunas cosas. Y este es el camino que se abre ante mí para conocer mi dolor, mi herida. Lo tomo o lo dejo. De mí depende. Y entonces tomo decisiones. Pido ayuda. Paro. Siento el dolor físico y el dolor del vacío. Quiero volver al estrés, lo conocido. Aprendo a regularme. Aprendo a sostenerme. Aprendo a dejarme acompañar por la mirada compasiva de mi terapeuta, mi supervisora, mis compañeros, mi familia y amigos. Y aprendo a mirarme compasivamente y a perdonarme por arrollar y dejarme arrollar.
Si escuchas tu cuerpo, ¿qué te cuenta?




0 comentarios