Cuando se habla de trauma, en general, pensamos en algo que ha sucedido pero muy pocas veces en lo que no ha sucedido y pudo ser traumático por su ausencia.
En el artículo de hoy me voy a centrar en este segundo tipo de traumas, más sutiles y difíciles de identificar en terapia por el propio paciente en el proceso terapéutico.
Estamos acostumbrados/as a fijarnos en lo que sucede. Pongo un ejemplo.
Voy al cine y elijo de la cartelera una película. Veo la historia. Deja una impronta en mí. Me digo a mí misma que esa es la película que quiero ver. No se me ocurre pensar que tal vez hubiera podido ver otra película. Me he encontrado con esa película, esa cartelera. Podría haber elegido otra película, existen otras opciones. Y esto es importante tenerlo en cuenta para comprender cómo el trauma velado, el que no se ve, también ha podido impactar en mi Sentir de la Experiencia.
Salgo del cine y comento la jugada, la analizo, emito algún que otro juicio, comparto opiniones, hablo de la película, de lo que me ha hecho sentir. Obviamente no hablo de la película que no he visto y que no alcanzo a imaginarme porque no alcanzo a contemplarla como una opción. Mi experiencia se queda reducida a lo que creo que he vivido.
¿Qué pasa entonces con las otras películas que no he visto?
En la película que he visto una madre demasiado joven se queda embarazada. Su pareja no siente que ser padre esté en su lista de prioridades. Aun así, el embarazo sigue adelante. Y al cabo de los nueve meses nace el bebé. El nacimiento del bebé trae consigo una crisis de pareja. La pareja discute. No se ponen de acuerdo. Los nervios están a flor de piel. Hay crispación. Reproches. Gritos. Silencio. Cansancio. El bebé demanda a todas horas. Llora sin motivo aparente. Es un incordio. Se porta mal.
La pareja se separa. Ella se va a vivir a casa de sus padres. Él, a casa de un amigo. Es lo mejor. Han encontrado una solución. Acuerdan que madre y bebé seguirán juntos. El bebé está en periodo de lactancia. El padre llamará de tanto en tanto para saber cómo está el bebé.
Transcurren 5 años. El bebé ha crecido. Es un niño sano. Ha incorporado que sus padres no están juntos. Ahora pasa más tiempo con papá. Sigue viviendo con mamá que se mudó a un apartamento, no muy lejos del piso de los abuelos. Mamá está algo triste y papá se enfada a menudo si el niño no se porta bien. Todo marcha según lo que se supone y se espera es “lo normal”.
Trauma es lo que sucedió y también lo que no sucedió.
Hasta aquí, una película. ¿Qué se contará y cómo se lo contará este niño que se convierte en adolescente y luego en joven y más tarde en un adulto de 34 años?
(…)
¿Crees que se ha producido algún trauma en la vida de este adulto?
(….)
Vamos a dar un paso más. Veamos qué nos cuenta la definición etimológica de la palabra Trauma:
La palabra trauma viene del griego τραύμα (trauma = herida), compuesto con:
La raíz del verbo tritosko = yo hiero, yo lastimo.
El sufijo -ma = resultado de la acción.
De trauma tenemos también:
Traumático: Perteneciente o relativo (-ico) al trauma.
Traumatismo: Resultado (-ismo) de un trauma.
Traumatizar: Hacer (-izar) trauma.
Traumatológico: Perteneciente (-ico) al estudio (logos) de las heridas.
Traumatología: Estudio (-logía) de los traumas.
Según la definición etimológica TRAUMA es igual a HERIDA.
En mi web SEntiR y SER manejo estas dos palabras como sinónimos y no es arbitrario ni casualidad. Y cuando me refiero al Dolor y a una Vida Sin Sentir me estoy refiriendo al trauma. En mi experiencia, una vida no sentida/sin sentir es una vida donde el trauma ha hecho mella y el eco del dolor, a través de la expresión de la herida, nos viene a contar algo de nuestra película.
El trauma no es en realidad lo que te sucede. Es lo que sucede dentro de ti (respuesta interna) como resultado de lo que te pasó.
Volvamos a la película del bebé que se convirtió en un adulto de 34 años. Y dejemos a un lado lo que le ha sucedido (aquellos datos biográficos más o menos objetivos). Imaginemos por un momento lo que ha podido sentir y está oculto. Lo que no se cuenta en la película. Lo que este adulto en su proceso de terapia logra vislumbrar de una parte de su película oculta. La otra película.
<<Cuando estoy con otras personas me siento bastante inseguro, como si no encajara. No es que me traten mal o me rechacen o se metan conmigo. Es una sensación de no querer estar allí. Pero no sé adónde ir. En mi casa, con mi pareja, no me siento cómodo. Me ha pasado con otras parejas. Quiero estar solo para evitar este malestar. A veces hasta quisiera desaparecer. Me siento una carga, siento que mi compañera me está aguantando. Me sorprende lo asustadizo que soy y odio sentirme tan sensible a los ruidos, los gritos y las peleas. Por eso siempre evito los conflictos. Mi pareja me reprocha que no encaro los problemas y que tampoco quiero tener hijos. Yo le digo que no me siento preparado. Ella sufre mucho porque uno de sus grandes deseos es tener hijos. Tengo acidez, mi estómago es un poco delicado y la soriasis va y viene. Mi madre me contó que dejó de amamantarme a los 5 meses porque me atragantaba constantemente. Por lo demás, todo bien>>.
Esta es la otra película que se deriva de la primera y que forma parte de la vida del paciente. Un bebé no suficientemente atendido dadas las circunstancias vividas por sus progenitores. Un bebé que no dispone de los cuidados que crean una base segura y sana para un desarrollo completo.
De pequeños tenemos más necesidades que de mayores. Pero si no se han cubierto estas necesidades (alimento, calor, contacto, seguridad, protección…), de adultos estaremos buscando inconscientemente alguien o algo con que cubrir la necesidad y estableceremos relaciones conflictivas (vínculos de apego dependientes, ambivalentes, evitativos, inseguros) porque nos acercaremos al otro/a desde la propia herida. Algo de lo sucedido nos traumó y, también, de lo que faltó y no pudimos recibir porque no estaba presente o disponible en el afecto que recibimos. Así es como llegamos a sentirnos veladamente traumatizados.
Nuestra sociedad silencia el trauma. Lo entierra. Pero eso no significa que la película no esté en marcha. Sencillamente elegimos no verla, la negamos. Porque reconocer que hubo algo que necesitábamos y que no recibimos duele. Y mucho. Tanto que distorsionamos la película, la racionalizamos bajo el pretexto de darle una comprensión intelectual desprovista de la sensación sentida.
Una de mis pacientes en una sesión pudo nombrar que siempre había creído que su infancia fue feliz, aunque cuando llegó a terapia reconocía que no se llevaba bien con su padre y que estaba muy enfadada con él. Se había acostumbrado a <<no tener padre>> y lo había normalizado. Además, ¿quién se lleva bien con sus padres?, expresaba. Al mismo tiempo que envidiaba a los padres de sus amigas. Esta paciente idealizó su infancia como mecanismo de defensa para no sentir la pena del abandono. También idealizaba la relación de su mejor amiga con su padre. Luego se dio cuenta de que esa relación no era perfecta. Ella necesitaba proyectar sus ilusiones y las depositaba afuera. Con el tiempo comprendió que si no investigaba su película iba a quedarse con una versión distorsionada, limitante y reducida de su vida. No podía cambiar a su padre. Pero podía cambiar la experiencia internalizada incorporando experiencias nuevas (incorporar hábitos más saludables, toma de decisiones nuevas, revalorizar los propios recursos).
Me doy cuenta de que hay mucho de traumatismo cinéfilo en las consultas y que los/las psicoterapeutas bien podríamos ser psicotraumatólogos/as. O igual con ser terapeutas ya es suficiente.
Si quieres seguir leyendo algo más sobre la herida y el trauma te invito a que entres aquí:
Del niño herido al adulto responsable y Cuando no sé lo que siento.





0 comentarios